ABCdario / UN ADIÓS PÓSTUMO

Por Víctor Octavio García

 

Hasta pronto Memin

Este fin de semana recibí una mala y fatal noticia; el fallecimiento de Guillermo “Memin” Verdugo Silva, compañero preparatoriano con quien cultive una sólida amistad a los largo de varios años; la última vez que lo vi vez fue en 1990 en el rancho El Caracol, del grupo La Jolla, en el Vizcaíno, donde trabajaba desde que egresó de la universidad y se reintegró al estado como médico veterinario zootecnista; recuerdo que en unja gira de trabajo del gobernador Víctor Liceaga por el valle del Vizcaíno le ofrecieron una comida en el racho El Caracol; llegamos pasada la una de la tarde al rancho que lucía impecables con instalaciones nuevas , luego de recorrer y escuchar ilustrativas explicaciones –entre ellos la del Memin, veterinario del rancho– a partir de los corrales, área de ordeña hasta el área de procesados pasando por los departamentos de envases y terminados de la leche como quesos y mantequillas, no invitaron a pasar a un espacioso corredor; en la mesa, porque era una sola mesa para cuarenta o más comensales, copas de vidrio de leche sudando, cerveza, vinos y quesos; recuerdo que no resistí la tentación de tomarme uno sino dos vasos de leche a sabiendas que me hacía daño; de comida costillas asadas, lechones recién destetados (becerros) y carnitas de puerco incluyendo una rica chanfaina.

En los corrales platique con él recordando viejas anécdotas de la prepa y de nuestro viaje a la ciudad de México cuando se nos perdió Raúl Olachea Carrillo en el metro, del rechazo que tuvimos en la UNAM por falta de papeles y de su paso por la universidad Nicoalita en Michoacán (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo) donde obtuvo el título de médico veterinario; buen amigo, después de ese encuentro no lo volví a ver, ambos agarramos caminos y destinos distintos; él se fue a Michoacán a estudiar veterinaria y yo me quede un mes de gaviota en la casa del estudiante, en Cádiz 59, luego de haberme inscrito en la facultad de Economía de la UNAM, y al no poder acreditar el certificado de prepa que supuestamente estábamos incorporados a la UNAM resultando que era falso, Leonel Cota Montaño era el mandamás en la casa del estudiante y él fue quien nos dio chanza de llegar a la casa del estudiante y disfrutar de los mismos servicios que gozaban los estudiantes becarios; así que me la pase un mes, junto con Gonzalo Cervera y otros más de gaviotas en la casa del estudiante; finalmente terminé mi carrera en 1987, egresando de la UABCS como aprendiz de todo y oficial en nada.

En 1978, recién egresados de la prepa Morelos, un grupo de soñadores estudiantes nos fuimos a la ciudad de México con la idea de entrar a la UNAM, unos querían estudiar medicina, otros ingeniería, otros economía –entre los que me incluía atraído por Marx y Engels– y otros lo que “juera”; llegando al Distrito Federal –así se le decía antes– luego de dejar la central camionera agarramos el metro, recuerdo que llevábamos de “tilichis” cartones de leche carnetion, logramos pasar las aduanas del metro incluyendo Raúl Olachea Carrillo, que llevaba dos cartones con ropa, tortillas de harina, queso, machaca y dulces regionales; en la estación –no recuerdo que estación era– donde teníamos que bajarnos había que hacerlo rápido, sino seguías de frente, no sé qué diablos pasó el caso es que el Raúl no alcanzo a bajarse como los demás y siguió de frente, la bronca fue cuando nos dimos cuenta que se había perdido y él no conocía el Distrito Federal –ni nosotros tampoco, la ventaja es que andábamos en manada como los chivos– nunca supinos que pasó, sí durmió en un vagón del metro el caso es que llegó a la casa del estudiante hasta otro día en la tarde; el Memin era el más preocupado por la suerte del Raúl Olachea.

Un mes descubriendo la ciudad –hay que descubrirla y redescubrirla cada día, cada minuto–, sorprendidos por los “huaraches” con fríjol y queso, las quesadillas de flor de calabaza en la calle de República del Salvador, y los huevos de caguama en pleno zócalo de la ciudad de México, impuestos a los tacos dorados de don Cándido, a los tacos de aserrín de don Samuel y a los tacos de pescado de los hermanos González; un mes fue suficiente para conocer a las “Marías” haciendo trampas vendiendo bolsas de cacahuates vacías en Chapultepec, taxistas dándonos vueltas por donde mismo para que marcara el taxímetro, comprando boletos en la reventa en ese México profundo que demanda cambios y que nunca cambia. Hasta pronto amigo Memin. ¡Qué tal!.

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a victoroctaviobcs@hotmail.com

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