- Carlos Alberto Beltrán Olmeda no solo enfrenta cuestionamientos, sino una embestida mediática que parece tener objetivos más amplios: desarticular, dividir y sembrar dudas en torno a figuras que hoy forman parte del engranaje político de la 4T en el ámbito local.
Redacción
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no dejó espacio para la ambigüedad al referirse al columnista Raymundo Riva Palacio como un escritor más cercano a la ficción que al periodismo, la afirmación no es menor pues en términos políticos, representa un deslinde claro respecto a la credibilidad de una narrativa que, desde hace años, se ha mantenido constante en su línea editorial: la crítica sistemática a la llamada Cuarta Transformación y a quienes forman parte de ella.
El caso reciente coloca bajo el reflector a Carlos Alberto Beltrán Olmeda, oficial mayor del XV Ayuntamiento de Los Cabos, donde las alusiones buscan vincularlo con actividades ilícitas, cosa que no solo carecen de sustento comprobable, sino que encajan en un patrón recurrente: el señalamiento sin pruebas como herramienta de desgaste político.
Aquí es donde la declaración presidencial adquiere relevancia. Si quien emite estas acusaciones es calificado desde la más alta tribuna del país como un “escritor de política ficción”, el peso de sus dichos inevitablemente se debilita. No se trata únicamente de percepciones, sino de credibilidad pública.
En el ejercicio periodístico existe una línea que no debería cruzarse: la que separa la crítica fundamentada de la narrativa especulativa. Cuando esa línea se desdibuja, lo que queda no es información, sino interpretación con tintes de guion.
En ese contexto, Beltrán Olmeda no solo enfrenta cuestionamientos, sino una embestida mediática que parece tener objetivos más amplios: desarticular, dividir y sembrar dudas en torno a figuras que hoy forman parte del engranaje político de la 4T en el ámbito local.
Resulta difícil ignorar otro elemento: los tiempos. En un escenario donde comienzan a perfilarse aspiraciones rumbo a 2027, los ataques anticipados suelen ser parte del juego. La exposición constante, especialmente cuando se combina con niveles de aceptación política en ascenso, suele venir acompañada de intentos por erosionar la imagen pública.
De otra manera, cuesta explicar por qué un funcionario que ha extendido su margen de operación más allá de sus funciones administrativas se convierte, de manera reiterada, en blanco de señalamientos sin sustento sólido.
La política mexicana no es ajena a la confrontación, pero sí debería ser más exigente con la calidad del debate. Es ahí donde el señalamiento de la presidenta marca un punto de inflexión: no todo lo que se publica tiene el mismo valor informativo.
Al final, el fondo del asunto no es únicamente la defensa de un funcionario, sino la necesidad de distinguir entre periodismo y narrativa. Porque cuando la ficción se disfraza de información, el verdadero riesgo no recae en un actor político en particular, sino en la confianza pública en su conjunto.

