Por Luis Miguel Aragón
Le crecen los enanos y se le rebelan los payasos a la presidenta Claudia Sheinbaum. La propuesta de Reforma Electoral presentada por la jefa del Ejecutivo federal amenaza con topar pared, incluso entre quienes hasta hace poco le juraban amor eterno: las franquicias políticas del Partido del Trabajo y del Partido Verde Ecologista de México.
La querencia se les acabó en cuanto percibieron que la iniciativa podría poner en riesgo la fuente de su riqueza y de su supervivencia en este circo llamado política.
Y era de esperarse. La propuesta contempla reducir el financiamiento público a los partidos, disminuir las diputaciones plurinominales y limitar la facultad de las dirigencias para decidir quién ocupa esos escaños, que en la práctica equivalen a sacarse un premio mayor en la Lotería Nacional.
El dueño histórico de la franquicia petista, Alberto Anaya, se hizo multimillonario precisamente bajo esas reglas del juego. Nadie en su sano juicio renuncia, de la noche a la mañana, al poder y al dinero que otorga controlar una estructura partidista que vive, en buena medida, del presupuesto público.
Por su parte, la empresa llamada Partido Verde Ecologista de México, que de verde ha tenido muy poco, ha funcionado durante décadas como un negocio familiar y patrimonialista. Un partido bisagra que se acomoda con quien mejor pague el precio político. Sus dirigentes también han vivido cómodamente de las plurinominales y de las prerrogativas que cada año llegan puntuales desde el erario.
Así que la lógica política indica que la reforma enfrentará resistencia y, muy probablemente, no pasará en los términos en que fue planteada.
La pregunta es si esa fractura llegará hasta las elecciones de 2027. En Baja California Sur, de hecho, el rompimiento ya venía gestándose mucho antes de que se hablara de reforma electoral.
Los petistas locales se han puesto bravucones y aseguran que pueden ir solos, que les alcanza no solo para competir, sino incluso para ganar. Pero puertas adentro saben que también arrastran sus propias fracturas.
En el caso del Verde, la cosa es todavía más simple: sus 15 o 20 militantes efectivos ya están alineados con uno de los grupos que aspiran a gobernar el estado los próximos seis años. Con esa franquicia no habrá mayor conflicto: con una o dos candidaturas se dan por bien servidos.
Porque en la política mexicana las lealtades duran lo que dura el negocio. Y cuando se amenaza la caja registradora, las alianzas se rompen, los discursos cambian y los supuestos aliados muestran su verdadero rostro: el de siempre, el del dinero.

