FACTOR POLÍTICO / ¡QUÉ BONITA FAMILIA, QUÉ BONITA FAMILIA!


Por Luis Miguel Aragón

 

La reunión de este sábado por la mañana parecía una de esas que organizan las familias cuando saben que viene un pleito por la herencia. Todos llegan bien peinados, se saludan con abrazo, sonríen para la foto y se hablan de “primo” y “hermano”, aunque por dentro anden contando quién se va a quedar con la casa, el rancho o la cuenta bancaria.

Así se vio el encuentro.

La misión era muy clara: retratar la unidad. Que se notara el cariño, el respeto y la armonía del clan. Todo, bajo la mirada del notario, el personaje encargado de conducir el reparto de la herencia.

Pero una cosa fue la fotografía y otra muy distinta lo que cada quien llevaba en la cabeza.

Porque ahí nadie llegó de paseo. Todos saben perfectamente qué quieren y hasta dónde piensan pelear por ello. Algunos están convencidos de que son los herederos naturales y que la herencia prácticamente ya trae su nombre escrito. Otros consideran que, por trayectoria o méritos, les corresponde ser el albacea, ese personaje que reparte… y que, casi siempre encuentra la forma de servirse primero.

En la misma mesa también estaba quien apuesta a que, si los demás terminan agarrados del chongo, por disciplina le tocará quedarse con las llaves de la casa.

Y tampoco podía faltar el pariente que, siendo sinceros, ni aparece en el testamento. Pero alguien le calentó la cabeza y le dijo que se apuntara. Total, con un poco de suerte, algo le puede tocar.

La escena, por cierto, ya había tenido ensayo.

En una reunión previa, a puerta cerrada, les leyeron el reglamento de convivencia. Nada de patadas bajo la mesa. Nada de sacarse los trapitos al sol. Nada de bromas pesadas ni de andar contando historias incómodas del vecino. La instrucción era sencilla: compórtense, sonrían y salgan juntos en la fotografía para que parezca que aquí no pasa absolutamente nada.

Y así ocurrió.

Uno por uno tomaron el micrófono. Todos hablaron de unidad. Todos dijeron que el proyecto está por encima de las ambiciones personales. Todos aseguraron que primero está la causa y después los nombres.

Nadie rompió el libreto.

Al terminar, el notario les recordó que las reglas ya están sobre la mesa y que después no habrá espacio para llorar ni para decir que no sabían cómo venía el juego.

Parecía que la reunión terminaría sin sobresaltos.

Pero no.

Como sucede en casi todas las familias, siempre hay alguien que decide echar a perder la sobremesa.

El junior del sur levantó la mano para decir que no veía piso parejo, que sentía los dados cargados y que esperaba que alguien pusiera orden. Aclaró que sigue en la competencia, pero dejó sembrada la duda de si todos están jugando con las mismas reglas.

Y entonces llegó la pregunta que todos querían hacer.

¿Cuándo se abre el testamento?

El emisario respondió, tranquilos, aun no hay fecha, y explicó que hay detalles técnicos que todavía impiden abrir el sobre donde viene escrita la última voluntad.

El notario guardó sus papeles, recogió el informe y se marchó.

La fotografía de familia ya está tomada.

Ahora falta saber cuánto tiempo aguanta enmarcada antes de que empiecen el resquebrajamiento del clan por la herencia.

Porque una cosa es posar unidos para la cámara… y otra muy distinta es repartir los bienes cuando llega la hora de la verdad.

Y mientras ese momento llega, vale la pena recordar aquella frase que inmortalizó Pompín Iglesias:

“¡Qué bonita familia, qué bonita familia!”