Por Luis Miguel Aragón
“Con que llegue antes de las siete, la hago”, se dijo Don Fausto, luego de beber el último sorbo de café. Tomó un par de papeles, cerró la puerta de su casa y sale a esperar el didi que ya viene por él para llevarlo a cobrar la pensión de 65 y más al Banco del Bienestar de la calle Jalisco.
Don Fausto tiene 74 años, aunque él mismo se describe como un hombre “macizo”. Al llegar al lugar, al menos 25 adultos mayores ya están sentados en las sillas colocadas bajo cuatro carpas improvisadas para la espera. A esa hora, las lonas apenas alcanzan a cubrir el sereno de la mañana, pero, conforme avanza el día, el calor se pertrecha debajo de los plásticos. Cierto que no son los 42 grados del verano paceño, pero el termómetro sí ronda los 33 grados con sensación térmica todavía más alta.
Apenas se sentó, y una persona con chaleco color hueso y letras guindas le pide anotarse en una hoja, pues aún no reparten las 200 fichas con las que organizan los turnos de atención. La jornada apenas inicia, pero va de siete de la mañana a cinco de la tarde.
Sentado en una silla, Don Fausto junto a doña Carmelita, una mujer de 74 años vestida de azul rey. Y así, con esa confianza inmediata que suele surgir entre desconocidos condenados a compartir horas de espera, inicia la conversación.
—Ayer vine, le dice Carmelita, pero como llegué tarde no me quisieron atender. Me fui con un coraje que me duró toda la tarde por el mal trato de esa mujer de lentes blancos —dijo, señalando a una persona vestida de blusa blanca, con pantalón de mezclilla y gafas color blanco con cristales negros, para el sol—.
El reloj avanza y el café comienza a cobrar factura. Don Fausto necesita ir al baño. Todo mundo sabe que ese minibanco no cuenta con sanitarios. Desde su construcción, quienes diseñaron el lugar olvidaron que los pobres también van al baño. Y que los adultos mayores, especialmente aquellos con diabetes, problemas renales o padecimientos prostáticos, lo necesitan con mayor frecuencia.
Don Fausto camina hasta la gasolinera ubicada a una cuadra. Ahí, el personal entiende que orinar no es un privilegio, sino una necesidad fisiológica, y permite el acceso a los sanitarios a quien lo necesite.
El tiempo avanza, el reloj ya marca las 12:30 del día. Desesperado, don Fausto pregunta por su turno. Una joven con chaleco oficial le responde que su nombre no aparece en ninguna lista; incluso le asegura que no existen listas, que para eso se reparten las fichas.
En el rostro de Don Fausto comenzó una transformación poco recomendable. Las arrugas se le marcaron como surcos, los ojos parecen saltarle del enojo y las palabras se le atoran entre los labios.
—Yo no sé qué tengan que hacer, pero me respetan mi lugar —reclama.
El reclamo prende a otro señor con uniforme de seguridad privada, que también espera cobrar su pensión, se acerca y abre los brazos, intenta proteger a Don Fausto, al tiempo que empieza a gritar a una servidora de la nación:
—¡Son ustedes unos irresponsables! ¡Tienen años haciendo este trabajo y nunca lo han hecho bien!
Don Fausto, doña Carmelita y el resto de los presentes observan la escena. Un señor de gorra azul intenta calmar al hombre, pero éste eleva todavía más la voz:
—¿Y cómo es posible que no tengan baños? ¿Que no les alcance para un techo decente? ¿Qué no es el Banco del B i e n e s t a r… del bienestarrrr?
La última palabra se arrastró en el aire mientras el enfurecido señor levanta los brazos en señal de protesta.
El hombre prefiere retirarse luego de ser avisado que le llamarán a la policía. Entre los murmullos de los presentes hace eco la misma frase:
—Pues tiene razón, el señor.
Segundos después se escucha el número con el turno de doña Carmelita. Antes de levantarse señala a un servidor de la nación de piel morena, delgado y pelo cano. Dice, mira, él sí trata bien a la gente.
Ya son las dos de la tarde. Don Fausto no ha desayunado. En el estómago solo carga el café de la madrugada. La desesperación aumenta porque únicamente hay dos cajas para atender a las 200 personas de la tercera edad y una de ellas lleva más de media hora abandonada.
—La cajera se fue a comer… o al baño —dijo alguien entre las filas.
Una señora de lentes verdes, que dice haber llegado desde Santiago, terminó por resignarse.
—Me voy sin dinero para el 10 de mayo, comparte anes de cruzar la banqueta para desaparecer bajo el calorcito de la tarde.
Casi son las tres, por fin, cantan el número de Don Fausto, quién se apresura, cobra, le pega una contada a la marmaja y la guarda en el fondo de la bolsa delantera del patalón.
Al salir, se despide con una sonrisa cansada, pero victoriosa.
—Ahora sí… ¡a comprar los regalos! Mueve la cabeza hacia un lado y sale, camina erguido, pues sabe que todos lo observaban.
Don Fausto se va para volver dentro de dos meses y, con suerte, no repetir otra vez este calvario llamado “Banco del Bienestar”.

